Este cuadro en su delicadeza y elegancia representa esa dualidad femenina de fragilidad y fortaleza. La verdadera belleza y elegancia no residen tanto en lo externo, sino en la paz interior y en la autenticidad de quien es capaz de mirar dentro de sí misma y encontrar su propia luz.
La mujer, representada con una suavidad etérea, irradia una quietud que invita a la contemplación. En su silenciosa postura, hay una determinación que habla de resiliencia, de la capacidad de mantenerse firme a pesar de las tormentas internas o externas. De ahí la utilización de los cristales en la composición cuya fragilidad contrasta con la dureza de su estructura. Cada detalle del cuadro; el juego de transparencia y solidez, la elección de la gama de colores y la representación sutil de la figura femenina, componen el equilibrio entre la calma que surge de la quietud y la fuerza que se forja en la introspección del conocimiento profundo de uno mismo.
Los matices dorados simbolizan la luminosidad interna de ese conocimiento profundo y de la esencia femenina.
Este cuadro es también una invitación a sumergirse en el silencio de la propia alma.
Va acompañado de un cuadrito abstracto que complementa al cuadro grande, transmitiendo sus valores, atmósfera y cromática de manera abstracta.
7.000,00 €
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